sábado, 15 de junio de 2019

Declaración de Fe del cardenal Müller «ante la creciente confusión en la enseñanza de la doctrina»


Declaración de Fe
"¡No se turbe vuestro corazón!" (Jn 14, 1)
Ante la creciente confusión en la enseñanza de la doctrina de la fe, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de la Iglesia Católica me han pedido dar testimonio público de la verdad de la Revelación. Es tarea de los pastores guiar a los que se les ha confiado por el camino de la salvación. Esto sólo puede tener éxito si se conoce este camino y ellos mismos siguen adelante. Acerca de esto, la palabra del apóstol nos indica: "Porque sobre todo os he entregado lo que yo también recibí" (1 Co 15,3). Hoy en día muchos cristianos ya no son conscientes ni siquiera de las enseñanzas básicas de la fe, por lo que existe un peligro creciente de apartarse del camino que lleva a la vida eterna. Pero sigue siendo tarea propia de la Iglesia conducir a las personas a Jesucristo, luz de las naciones (cf. Lumen Gentium1). En esta situación se plantea la cuestión de la orientación. Según Juan Pablo II, el Catecismo de la Iglesia Católica es una "norma segura para la doctrina de la fe" (Fidei Depositum IV). Fue escrito con el objetivo de fortalecer a los hermanos y hermanas en la fe, cuya fe es ampliamente cuestionada por la "dictadura del relativismo" .
[Los números que aparecen en el texto corresponden al Catecismo de la Iglesia Caatólica.]
1. El Dios uno y trino, revelado en Jesucristo
La personificación de la fe de todos los cristianos se encuentra en la confesión de la Santísima Trinidad. Nos hemos convertido en discípulos de Jesús, hijos y amigos de Dios por el bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La diferencia de las tres personas en la unidad divina (254) marca una diferencia fundamental con respecto a otras religiones en la creencia en Dios y en la imagen del hombre. En la confesión a Jesucristo los espíritus se dividen. Él es verdadero Dios y verdadero hombre, engendrado según su naturaleza humana por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen María. El Verbo hecho carne, el Hijo de Dios, es el único redentor del mundo (679) y el único mediador entre Dios y los hombres (846). En consecuencia, la Primera Carta de san Juan describe como Anticristo al que niega su divinidad (1 Juan 2,22), ya que Jesucristo, el Hijo de Dios, es desde la eternidad un ser con Dios, su Padre (663). La recaída en antiguas herejías, que veían en Jesucristo sólo a un buen hombre, a un hermano y amigo, a un profeta y a un moralista, debe ser combatida con clara determinación. Él es ante todo el Verbo que estaba con Dios y es Dios, el Hijo del Padre, que asumió nuestra naturaleza humana para redimirnos y que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Lo adoramos sólo a Él como el único y verdadero Dios en unidad con el Padre y el Espíritu Santo (691).
2. La Iglesia
Jesucristo fundó la Iglesia como signo visible e instrumento de salvación, que subsiste
en la Iglesia Católica (816). Dio una constitución sacramental a su Iglesia, que surgió
"del costado de Cristo dormido en la Cruz" (766), y que permanece hasta su
consumación (765). Cristo Cabeza y los fieles como miembros del Cuerpo son una
persona mística (795), por eso la Iglesia es santa, porque el único mediador la ha
establecido y mantiene su estructura visible (771). A través de ellos, la obra de la
redención de Cristo se hace presente en el tiempo y en el espacio en la celebración de
los santos sacramentos, especialmente en el sacrificio eucarístico, la Santa Misa (1330).
La Iglesia transmite en Cristo la revelación divina que se extiende a todos los elementos de la doctrina, "incluida la doctrina moral, sin la cual las verdades de la salvación de la fe no pueden ser salvaguardas, expuestas u observadas" (2035).
3. El orden sacramental
La Iglesia en Jesucristo es el sacramento universal de salvación (776). Ella no se refleja a sí misma, sino a la luz de Cristo que brilla en su rostro. Esto sucede sólo cuando no la mayoría ni el espíritu de los tiempos sino la verdad revelada en Jesucristo se convierte en el punto de referencia, porque Cristo ha confiado a la Iglesia católica la plenitud de la gracia y de la verdad (819): Él mismo está presente en los sacramentos de la Iglesia.
La Iglesia no es una asociación fundada por el hombre cuya estructura es votada por sus miembros a voluntad. Es de origen divino. "El mismo Cristo es la fuente del ministerio en la Iglesia. Él lo ha instituido, le ha dado autoridad y misión, orientación y finalidad" (874). La amonestación del apóstol sigue siendo válida hoy en día para que cualquiera que predique otro evangelio sea maldecido, "aunque seamos nosotros mismos o un ángel del cielo" (Gal 1,8). La mediación de la fe está indisolublemente ligada a la credibilidad humana de sus mensajeros, que en algunos casos han abandonado a los que les fueron confiados, los han perturbado y han dañado gravemente su fe. Aquí la palabra de la Escritura va dirigida a aquellos que no escuchan la verdad y siguen sus propios deseos, que adulan a los oídos porque no pueden soportar la sana enseñanza (cf. 2 Tim 4,3-4).
La tarea del Magisterio de la Iglesia es "proteger al pueblo de las desviaciones y de las fallas y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica" (890). Esto es especialmente cierto con respecto a los siete sacramentos. La Eucaristía es "fuente y cumbre de toda la vida cristiana" (1324). El sacrificio eucarístico, en el que Cristo nos implica en su sacrificio de la cruz, apunta a la unión más íntima con Cristo (1382). Por eso, las Sagradas Escrituras, con respecto a la recepción de la Sagrada Comunión, advierten: "’El que come del pan y bebe de la copa del Señor indignamente, es reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor’ (1 Co 11,27). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar" (1385). De la lógica interna del sacramento se desprende que los fieles divorciados por lo civil, cuyo matrimonio sacramental existe ante Dios, los otros cristianos, que no están en plena comunión con la fe católica, como todos aquellos que no están propiamente dispuestos, no reciben la Sagrada Eucaristía de manera fructífera (1457) porque no les trae la salvación. Señalar esto corresponde a las obras espirituales de misericordia.
La confesión de los pecados en la confesión por lo menos una vez al año pertenece a los mandamientos de la iglesia (2042). Cuando los creyentes ya no confiesan sus pecados ni reciben la absolución, entonces la redención cae en el vacío, ya que ante todo Jesucristo se hizo hombre para redimirnos de nuestros pecados. El poder del perdón que el Señor Resucitado ha conferido a los apóstoles y a sus sucesores en el ministerio de los obispos y sacerdotes se aplica también a los pecados graves y veniales que cometemos después del bautismo. La práctica actual de la confesión deja claro que la conciencia de los fieles no está suficientemente formada. La misericordia de Dios nos es dada para cumplir sus mandamientos a fin de convertirnos en uno con su santa voluntad y no para evitar la llamada al arrepentimiento (1458).
"El sacerdote continúa la obra de redención en la tierra" (1589). La ordenación sacerdotal "le da un poder sagrado" (1592), que es insustituible, porque a través de él Jesucristo se hace sacramentalmente presente en su acción salvífica. Por lo tanto, los sacerdotes eligen voluntariamente el celibato como "signo de vida nueva" (1579). Se trata de la entrega en el servicio de Cristo y de su reino venidero. En cuanto a la recepción de la consagración en las tres etapas de este ministerio, la Iglesia se reconoce a sí misma "vinculada por esta decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación" (1577). Asumir esto como una discriminación contra la mujer sólo muestra la falta de comprensión de este sacramento, que no se trata de un poder terrenal, sino de la representación de Cristo, el Esposo de la Iglesia.
4. La ley moral
La fe y la vida están inseparablemente unidas, porque la fe sin obras está muerta (1815). La ley moral es obra de la sabiduría divina y conduce al hombre a la bienaventuranza prometida (1950). En consecuencia, "el conocimiento de la ley moral divina y natural es necesario para hacer el bien y alcanzar su fin" (1955). Su observancia es necesaria para la salvación de todos los hombres de buena voluntad. Porque los que mueren en pecado mortal sin haberse arrepentido serán separados de Dios para siempre (1033). Esto lleva a consecuencias prácticas en la vida de los cristianos, entre las cuales deben mencionarse las que hoy se oscurecen con frecuencia: (cf. 2270-2283; 2350-2381). La ley moral no es una carga, sino parte de esa verdad liberadora (cf. Jn 8,32) por la que el cristiano recorre el camino de la salvación, que no debe ser relativizada.
5. La vida eterna
Muchos se preguntan hoy por qué la Iglesia está todavía allí, aunque los obispos prefieren desempeñar el papel de políticos en lugar de proclamar el Evangelio como maestros de la fe. La visión no debe ser diluida por trivialidades, pero el proprium de la Iglesia debe ser tematizado. Cada persona tiene un alma inmortal, que es separada del cuerpo en la muerte, esperando la resurrección de los muertos (366). La muerte hace definitiva la decisión del hombre a favor o en contra de Dios. Todo el mundo debe comparecer ante el tribunal inmediatamente después de su muerte (1021). O es necesaria una purificación o el hombre llega directamente a la bienaventuranza celestial y puede ver a Dios cara a cara. Existe también la terrible posibilidad de que un ser humano permanezca en contradicción con Dios hasta el final y, al rechazar definitivamente su amor, "condenarse inmediatamente para siempre" (1022). "Dios que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti" (1847). El castigo de la eternidad del infierno es una realidad terrible, que -según el testimonio de la Sagrada Escritura- atrae hacia sí a todos aquellos que "mueren en estado de pecado mortal" (1035). El cristiano pasa por la puerta estrecha, porque "ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella" (Mt 7,13).
Ocultar estas y otras verdades de fe y enseñar a la gente en consecuencia, es el peor engaño del que el Catecismo advierte enfáticamente. Representa la prueba final de la Iglesia y lleva a la gente a un engaño religioso de mentiras, al "precio de su apostasía de la verdad" (675); es el engaño del Anticristo. "Él engañará a los que se pierden por toda clase de injusticia, porque se han cerrado al amor de la verdad por la cual debían ser salvados" (2 Tesalonicenses 2,10).
Invocación
Como obreros de la viña del Señor, tenemos todos la responsabilidad de recordar estas verdades fundamentales adhiriéndonos a lo que nosotros mismos hemos recibido. Queremos animar a la gente a caminar por el camino de Jesucristo con decisión para alcanzar la vida eterna obedeciendo sus mandamientos (2075).
Pidamos al Señor que nos haga saber cuán grande es el don de la fe católica, que abre la puerta a la vida eterna. "Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Mc 8, 38). Por lo tanto, estamos comprometidos a fortalecer la fe, en la que confesamos la verdad, que es el mismo Jesucristo.
Estas palabras también se dirigen en particular a nosotros, obispos y sacerdotes, cuando Pablo, el apóstol de Jesucristo, da esta amonestación a su compañero de armas y sucesor Timoteo: "Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino: "Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio." (2 Tim 4,1-5).
Que María, la Madre de Dios, nos implore la gracia de aferrarnos a la verdad de Jesucristo sin vacilar.
Unido en la fe y en la oración.
Cardenal Gerhard Müller, 10 de febrero de 2019
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domingo, 19 de mayo de 2019

LA DESESPERANZA DE LA CIUDAD DEL HOMBRE SIN DIOS.


+ Obispo Athanasius Schneider

La siguiente presentación de video se realizó el 16 de mayo de 2019 en el Foro de Vida de Roma sobre el tema "Ciudad de hombre contra Ciudad de Dios - Un orden mundial global contra la cristiandad", organizado por Voz de la familia.

¡Estimados participantes del Rome Life Forum 2019!

En este discurso, me gustaría hablar sobre las dos ciudades o comunidades que existen en la historia de la creación, que es la ciudad de Dios y la ciudad del hombre sin Dios, ni contra ella. Una ciudad o comunidad sin Dios es, por este mismo hecho, una ciudad de desesperanza. El primer intento de establecer una vida y una comunidad o una ciudad sin Dios y contra Dios fue la de Satanás, el ángel caído, que con los otros ángeles caídos intentó construir un reino opuesto a Dios. Sin embargo, no había más lugar para ellos en el cielo y él y sus ángeles fueron arrojados a la tierra, como dice la Sagrada Escritura (cf. Ap. 12: 8-9). Desde entonces, Satanás está trabajando incansablemente para construir sobre la tierra su ciudad contra Dios.

Las características más distintivas de la ciudad sin Dios es el reemplazo de la autoridad de Dios por la autoridad de la criatura (Satanás o el hombre), el reemplazo de la voluntad de Dios por la voluntad de la criatura (Satanás o el hombre). En última instancia, es el reemplazo de la realeza de Dios y, concretamente, de la realeza de Jesucristo por la realeza de Satanás o la realeza de hombres impíos o ateos. Es el reinado del "ego" de la criatura contra el reinado de la única voluntad divina del "nosotros" de las tres personas en Dios, la Santísima Trinidad. El reino o ciudad, que está en contra y sin Dios, conduce por su lógica intrínseca a la tiranía del egoísmo, del narcisismo, conduce a una sociedad de la ley de la jungla, a una sociedad de crueldad, de despiadada, de una Sociedad sin afectos, a una sociedad con un invierno espiritual continuo, sin primavera, sin flores, sin verano, sin frutos, sin verdadera alegría y belleza. En tal sociedad no hay calor de una verdadera humanidad. Una sociedad y una ciudad que está en contra de Dios y sin Dios ni siquiera es capaz del sentido del humor, tampoco es capaz de llorar. Tal ciudad está en contra de la naturaleza, es el reino de la anti-naturaleza, de la perversidad. Esta es la consecuencia cuando la voluntad de Dios es reemplazada por la voluntad de la criatura. La esencia espiritual de una ciudad del hombre en lugar de una ciudad de Dios, podría expresarse en estas actitudes: “¡Yo soy yo! ¡Haré lo que quiera! ¡Eliminaré todo y todos los que serán un obstáculo para mi ego y mi voluntad! ”

El maestro más famoso sobre la ciudad de Dios y la anti-ciudad de Dios es San Agustín. La ciudad del hombre pretende ser totalmente independiente y autosuficiente. San Agustín indica la desobediencia a Dios como la raíz más profunda de una vida sin o contra Dios. Él dice: "Por el precepto que Dios dio, elogió la obediencia , que es, en cierto modo, la madre y el guardián de todas las virtudes en la criatura razonable, que fue creada de tal manera que la sumisión es ventajosa para él, mientras que el cumplimiento de su La propia voluntad con preferencia al Creador es la destrucción. Y como este mandamiento que impone la abstinencia de un tipo de alimento en medio de una gran abundancia de otros tipos es tan fácil de mantener, es una carga ligera para la memoria, y, sobre todo, no encuentra resistencia a su observancia en la lujuria , que solo después surgió como la consecuencia penal del pecado , la iniquidad de violarla fue tanto mayor en proporción a la facilidad con que podría haberse guardado ". ( Civ . 14, 12)

La ciudad del Hombre contiene en su raíz el impulso al totalitarismo, a un totalitarismo global que exigirá sumisión total y que no tolerará el reinado del verdadero rey de este mundo y de la humanidad, que es el Dios encarnado, Jesucristo. La ciudad totalitaria del Hombre propagará la paz en la tierra, sin embargo, bajo la condición de una subyugación total de todas las demás opiniones a la ciudad sin Dios. La paz significa la sumisión total de la ciudad del Hombre, la paz significa para la ciudad del Hombre la exclusión del reinado de Jesucristo y, en última instancia, la exclusión de la voluntad de Dios, el Creador y el Revelador.

Se da el orden perfecto de la Ciudad en la tierra, donde Dios y Cristo gobiernan. Esto exige la subordinación de lo inferior a lo superior en la vida del individuo y de la sociedad. Esta ley se realiza en la vida individual, cuando el cuerpo, las cosas materiales, son gobernados por el alma; cuando los apetitos sensibles se rigen por la razón; y cuando la razón misma es gobernada por la voluntad de Dios. En la vida social, esta ley se cumple cuando los subordinados obedecen a los superiores que gobiernan según la voluntad de Dios.

En su mensaje de radio histórico en Navidad de 1942, el Papa Pío XII presenta una visión magistral y segura de la verdadera sociedad según la ley y la voluntad de Dios; Habla: “El orden es la base de la vida social entre los hombres, entre los seres inteligentes y responsables, es decir, que persiguen un fin apropiado a su naturaleza. No es una mera conexión extrínseca entre partes numéricamente distintas; Sin embargo, tiende más bien hacia un logro cada vez más perfecto de la unidad interna, una unidad que no excluye las diferencias basadas en la realidad y sancionadas por la voluntad del Creador y por las leyes sobrenaturales.

Nunca ha sido tan importante comprender de manera clara los verdaderos fundamentos de toda la vida social, como en estos días en que la humanidad, enferma por el veneno de los errores y perversiones sociales y lanzada por una fiebre de deseos, doctrinas y objetivos en conflicto, se ha convertido en el objetivo. presa infeliz de un trastorno creado por sí mismo, y está experimentando los efectos perturbadores de las falsas teorías sociales que descuidan y contravienen las leyes de Dios. Del mismo modo que la oscuridad con todos sus horrores opresivos no puede ser disipada por una voluntad, sino sólo por la luz, el desorden puede ser desterrado solo por orden y por una orden que no es ficticia sino real. Solo de una manera podemos esperar la salvación, la renovación y el verdadero progreso, y eso es a través del retorno de numerosas e influyentes secciones de la humanidad a una verdadera concepción de la sociedad, un retorno que requerirá una extraordinaria gracia de Dios, firmeza y firmeza. -sacrificar la resolución por parte de los hombres de buena voluntad y visión de futuro. Si esos hombres son capaces de percibir y apreciar la belleza fascinante de los principios sociales justos, podrán, por su influencia, difundir entre las masas una convicción del verdadero origen divino y espiritual de la vida social; y así prepararán el camino para el re-despertar, el desarrollo y la consolidación de esas concepciones éticas sin las cuales el logro más orgulloso en la esfera social no será más que una Babel; Sus ciudadanos pueden tener paredes en común, pero hablarán lenguas diferentes y conflictivas.

Dios es la primera causa y el fundamento último de la vida individual y social. Si entendiéramos la vida social, debemos elevar nuestros pensamientos a Dios, la Primera Causa y el fundamento, a Dios, el Creador de la primera pareja casada, que es la fuente de la cual toda la sociedad, la familia, la nación y la asociación De las naciones se levanta. La vida social es un reflejo, por imperfecto que sea, de su causa ejemplar, Dios Tres en Uno, que por el misterio de la Encarnación redimió y elevó la naturaleza humana; y, por lo tanto, visto a la luz de la razón y la revelación, el ideal y el propósito de la sociedad poseen un carácter absoluto que trasciende todas las vicisitudes del tiempo; también tienen un poder magnético que, lejos de ser amortiguado y extinguido por la decepción, el error y el fracaso, atrae irresistiblemente a mentes nobles y piadosas para dedicar energía renovada, nueva comprensión, nuevos estudios, medios y métodos para la realización de una Empresa que en otros tiempos y en otras circunstancias se ha intentado en vano.

El propósito original y esencial de la vida social es preservar, desarrollar y perfeccionar a la persona humana, facilitando el debido cumplimiento y la realización de las leyes y valores religiosos y culturales que el Creador ha asignado a cada hombre y a la raza humana, ambos En su conjunto y en sus agrupaciones naturales. Una doctrina o estructura social que niega o descuida el vínculo interno y esencial que conecta a Dios con todas las preocupaciones humanas es una aberración; los que siguen una doctrina así construyen con una mano pero con la otra proporcionan los medios que tarde o temprano socavarán y destruirán la estructura.

Mientras mantengamos a Dios como el controlador supremo de todas las preocupaciones humanas, tanto las semejanzas como las diferencias encuentran su lugar adecuado en el orden absoluto del ser, de los valores y, por consiguiente, también de la moralidad. Sin embargo, si se ataca ese fundamento, aparecen fisuras siniestras en la estructura: las diversas esferas de la cultura se disocian unas de otras; los contornos, los límites y los valores se vuelven borrosos e inciertos; con el resultado de que la decisión entre políticas opuestas viene a depender, de acuerdo con la moda prevaleciente, de factores meramente externos y, a menudo, incluso de un instinto ciego.

Durante las últimas décadas, una política económica dañina subordinó la totalidad de la vida civil a los fines de lucro; Hoy en día, una concepción gobierna lo que no es menos perjudicial para la sociedad, ya que hace todo y todos, desde el punto de vista de la utilidad al Estado, hasta la exclusión de todas las consideraciones éticas y religiosas. En cualquier caso, tenemos una farsa y una idea equivocada con consecuencias incalculables para la vida social, que nunca está más cerca de perder sus prerrogativas más nobles que cuando está bajo la ilusión de que puede con impunidad repudiar o descuidar a Dios, la fuente eterna de su dignidad.

Los legisladores deben evitar teorías y prácticas peligrosas que son perjudiciales para la comunidad y para su cohesión, y que deben su origen y amplia difusión a postulados falsos. Entre ellos se cuenta un positivismo jurídico que invierte leyes puramente humanas con una majestad a la que no tienen título, abriendo el camino a una disociación fatal de la ley de la moral. Deben rechazarse todas aquellas teorías que tienen esto en común, que consideran al Estado, o un grupo que lo representa como una entidad absoluta y suprema, exenta de todo control y crítica, incluso cuando sus postulados teóricos y prácticos dan lugar a una contradicción abierta y contradictoria. Datos esenciales de la conciencia humana y cristiana.

Si el espíritu maligno del materialismo gana la maestría, si las manos rudas del poder y la tiranía son sufridas para guiar los acontecimientos, entonces verán signos diarios de la desintegración de la comunión humana, y el amor y la justicia desaparecerán presagiando las catástrofes que deben ocurrir. una sociedad que ha apostatado de Dios ". ( Mensaje de radio, Navidad de 1942)

En su Exhortación apostólica Conflictatio bonorum de 1949, el Papa Pío XII ofrece una imagen realista de la continua oposición y lucha entre la ciudad del Hombre y la Ciudad de Dios. Siguiendo las enseñanzas de Cristo y de todos sus predecesores, Pío XII rechaza de manera realista el intento de paz con el espíritu del mundo o con el mundo moderno, que desde la Revolución Francesa ha rechazado a Dios y a Cristo y que persigue implacablemente su objetivo de establecer. Ciudad pura del hombre. Una paz así con el mundo moderno no es otra cosa que ilusión e ingenuidad.

El mundo moderno, que rechaza la realeza de Cristo, el único Salvador de la humanidad, no puede, por este mismo hecho, poseer aire espiritual fresco. Por el hecho mismo de que la Iglesia estaba cumpliendo con celo su trabajo misionero, proclamando al mundo sin ambigüedades las verdades divinas reveladas y a Cristo como el único Salvador, sus ventanas estaban siempre abiertas y todas las personas podían ver y escuchar la belleza atemporal de la doctrina de Cristo. y de la sagrada liturgia de la Iglesia, admirar el atractivo ejemplo de la vida moral de sus santos y sus heroicas obras diarias de caridad hacia lo necesario. Uno de los apogeos cuando las ventanas de la Iglesia estaban más abiertas, fue precisamente el período de los siglos XIX y XX antes del Concilio Vaticano II, porque era un apogeo de la misión de la Iglesia entre los incrédulos y los no cristianos. El período posterior al Concilio Vaticano II, un concilio que fue descrito metafóricamente por Juan XXIII como una apertura de las ventanas de la Iglesia, se convirtió, asombrosamente, en un momento del celo misionero más bajo al predicar el Evangelio a los no cristianos y guiarlos a La vida sobrenatural en Cristo.

Pío XII dice sobre el mundo moderno lo siguiente: “La malicia de los malos ha alcanzado en nuestros días el límite de una impiedad increíble, que en otros tiempos era de hecho inusual. Sentimos repugnancia al referir esta mala acción, sin embargo, debido a nuestro ministerio apostólico, no podemos estar en silencio. Ese orgullo, que con desdén descuida las cosas divinas, como fue el crimen del primer hombre, rebelde contra el mandato celestial, es la fuente más turbia de todos los pecados en nuestros días. Es como una peste contagiosa, que se está propagando y azotando en todo el mundo. Se ha incitado a la conspiración «contra el Señor y contra Su Ungido» (Salmo 2: 2). Esto causa una infinidad de males, porque al desterrar a Dios de la sociedad, el hombre mismo será privado de su dignidad espiritual, el hombre será esclavo de las cosas materiales y habrá en sus raíces todo lo que sea virtud, amor, esperanza, belleza. De la vida interior.

Los enemigos del nombre de Dios, con su audacia adecuada, toman posesión de cualquier medio y recurso: libros, folletos, periódicos, transmisiones de radio, reuniones públicas, ciencias y artes, todo está en su poder para difundir el desdén de las cosas sagradas. Creemos que esto no sucede sin la intervención de los complots del enemigo infernal, cuyo programa consiste en odiar a Dios y destruir al hombre.

El ateísmo es el odio a Dios, por el cual nuestro siglo está contaminado y por el cual uno tiene que temer los castigos terribles, ya que es el pecado más grave. Sin embargo, con la Sangre de Cristo, contenida en el Cáliz del Nuevo Pacto, podemos lavar este crimen atroz, destruir sus consecuencias, implorar el perdón para los infractores y preparar a la Iglesia un espléndido triunfo ". (Exhortación apostólica Conflictatio bonorum , febrero 11, 1949)

La verdadera libertad, la verdadera humanidad, el verdadero progreso social de un individuo y de la sociedad en general están garantizados solo cuando la voluntad de Dios el Creador en Sus mandamientos y la voluntad de Dios en Su Revelación en Cristo se acepta y se cumple, y cuando el reinado de Cristo Se reconoce sobre la sociedad humana.

Juan Donoso Cortés, un político católico español, presentó en su discurso ante el Parlamento español el 4 de enero de 1849 una demostración convincente de la relación intrínseca entre una sociedad que rechaza la fe cristiana y la tiranía. Citamos algunas de sus afirmaciones relevantes y proféticas: “Cuando el termómetro religioso es alto, el termómetro de la represión política es bajo; y, cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía es alta. Esa es una ley de la humanidad, una ley de la historia. Si quiere una prueba, mire el estado del mundo, mire el estado de la sociedad en las edades anteriores a la Cruz. Dame el nombre de un solo pueblo en este período que no poseía esclavos y no conocía tirano. Es un hecho incontrovertible y evidente, que nunca ha sido cuestionado. La libertad, la libertad real, la libertad de todos y para todos, solo vino al mundo con el Salvador del mundo; Eso también es un hecho incontrovertible, reconocido incluso por los socialistas. Hoy, el camino está preparado para un tirano gigantesco, colosal, universal e inmenso; Todo está listo para ello. Señores, observen que ya no hay resistencias físicas ni morales, ya no hay resistencias físicas porque con los barcos de vapor y los ferrocarriles ya no hay fronteras; Ya no hay resistencias físicas porque con el telégrafo eléctrico ya no hay distancias; y no hay resistencias morales porque todas las voluntades están divididas y todos los patriotismos están muertos. Dígame, por lo tanto, si estoy en lo correcto o incorrecto en preocuparme por el futuro cercano del mundo; dime si, al tratar con esta pregunta, no estoy tocando el problema real. Solo hay una cosa que puede evitar la catástrofe: una y solo una: no la evitaremos concediendo más libertad, más garantías y nuevas constituciones; Lo evitaremos si todos nosotros, de acuerdo con nuestra fuerza, hacemos todo lo posible para estimular una reacción saludable, una reacción religiosa ". (Discurso ante el Parlamento español el 4 de enero de 1849)

El verdadero objetivo de la presente vida terrenal consiste en vivir ya ahora en unión con la voluntad de Dios. La unión con la voluntad de Dios es el centro de la Ciudad de Dios, y se logrará en la eternidad, como explica San Agustín: " Dios , entonces, el Creador más sabio y más justo de todas las naturalezas, que puso a la raza humana sobre La tierra como su mayor ornamento, impartió a los hombres algunas cosas buenas adaptadas a esta vida, a saber, la paz temporal, como la que podemos disfrutar en esta vida desde la salud y la seguridad y la comunión humana , y todas las cosas necesarias para la preservación y recuperación de esta. la paz, como los objetos que se acomodan a nuestros sentidos externos, la luz, la noche, el aire y las aguas adecuadas para nosotros, y todo lo que el cuerpo necesita para sostenerlo, resguardarlo, curarlo o embellecerlo: y todo bajo esta condición más equitativa , que cada hombre que hizo un buen uso de estas ventajas adecuadas para la paz de esta condición mortal, debe recibir bendiciones más amplias y mejores, a saber, la paz de la inmortalidad , acompañada de gloria y honor en una vida sin fin adaptada para el disfrute de Dios un El uno del otro en Dios . ”( Civ . 19, 13)

17 de mayo de 2019

+ Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María en Astana

Publicado en:  http://voiceofthefamily.com/the-hopelessness-of-the-city-of-man-without-god/

lunes, 29 de abril de 2019

Francisco y que le pide a los musulmanes?

Porque no le exige más bien a los musulmanes del Estado Islámico que dejen de perseguir y matar cristianos?

lunes, 15 de abril de 2019

Documento del Papa Benedicto XVI "La Iglesia y el escándalo del abuso sexual"



A continuación, el texto completo del Papa Emérito Benedicto XVI:

La Iglesia y el escándalo del abuso sexual

Del 21 al 24 de febrero, tras la invitación del Papa Francisco, los presidentes de las conferencias episcopales del mundo se reunieron en el Vaticano para discutir la crisis de fe y de la Iglesia, una crisis palpable en todo el mundo tras las chocantes revelaciones del abuso clerical perpetrado contra menores. La extensión y la gravedad de los incidentes reportados han desconcertado a sacerdotes y laicos, y ha hecho que muchos cuestionen la misma fe de la Iglesia. Fue necesario enviar un mensaje fuerte y buscar un nuevo comienzo para hacer que la Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra los poderes de la destrucción.
Ya que yo mismo he servido en una posición de responsabilidad como pastor de la Iglesia en una época en la que se desarrolló esta crisis y antes de ella, me tuve que preguntar –aunque ya no soy directamente responsable por ser emérito– cómo podía contribuir a ese nuevo comienzo en retrospectiva. Entonces, desde el periodo del anuncio hasta la reunión misma de los presidentes de las conferencias episcopales, reuní algunas notas con las que quiero ayudar en esta hora difícil. Habiendo contactado al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal (Pietro) Parolin, y al mismo Papa Francisco, me parece apropiado publicar este texto en el "Klerusblatt".
Mi trabajo se divide en tres partes.
En la primera busco presentar brevemente el amplio contexto del asunto, sin el cual el problema no se puede entender. Intento mostrar que en la década de 1960 ocurrió un gran evento, en una escala sin precedentes en la historia. Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido sujeta de varios laboriosos intentos de disrupción.
En la segunda parte, busco precisar los efectos de esta situación en la formación de los sacerdotes y en sus vidas.
Finalmente, en la tercera parte, me gustaría desarrollar algunas perspectivas para una adecuada respuesta por parte de la Iglesia.
I.
(1) El asunto comienza con la introducción de los niños y jóvenes en la naturaleza de la sexualidad, algo prescrita y apoyado por el Estado. En Alemania, la entonces ministra de salud, (Käte) Strobel, tenía una cinta en la que todo lo que antes no se permitía enseñar públicamente, incluidas las relaciones sexuales, se mostraba ahora con el propósito de educar. Lo que al principio se buscaba que fuera solo para la educación sexual de los jóvenes, se aceptó luego como una opción factible.
Efectos similares se lograron con el "Sexkoffer" publicado por el gobierno de Austria (N. DEL T. Materiales sexuales usados en los colegios austríacos a fines de la década de 1980). Las películas pornográficas y con contenido sexual se convirtieron entonces en algo común, hasta el punto que se transmitían en pequeños cines (Bahnhofskinos) (N. del T. cines baratos en Alemania que proyectaban pequeñas cintas cerca a las estaciones de tren).
Todavía recuerdo haber visto, mientras caminaba en la ciudad de Ratisbona un día, multitudes haciendo cola ante un gran cine, algo que habíamos visto antes solo en tiempos de guerra, cuando se esperaba una asignación especial. También recuerdo haber llegado a la ciudad el Viernes Santo de 1970 y ver en las vallas publicitarias un gran afiche de dos personas completamente desnudas y abrazadas.
Entre las libertades por las que la Revolución de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, una que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental. De hecho, las cintas sexuales ya no se permitían en los aviones porque podían generar violencia en la pequeña comunidad de pasajeros. Y dado que los excesos en la vestimenta también provocaban agresiones, los directores de los colegios hicieron varios intentos para introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje.
Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada.
Para los jóvenes en la Iglesia, pero no solo para ellos, esto fue en muchas formas un tiempo muy difícil. Siempre me he preguntado cómo los jóvenes en esta situación se podían acercar al sacerdocio y aceptarlo con todas sus ramificaciones. El extenso colapso de las siguientes generaciones de sacerdotes en aquellos años y el gran número de laicizaciones fueron una consecuencia de todos estos desarrollos.
(2) Al mismo tiempo, independientemente de este desarrollo, la teología moral católica sufrió un colapso que dejó a la Iglesia indefensa ante estos cambios en la sociedad. Trataré de delinear brevemente la trayectoria que siguió este desarrollo.
Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral católica estaba ampliamente fundada en la ley natural, mientras que las Sagradas Escrituras se citaban solamente para tener contexto o justificación. En la lucha del Concilio por un nuevo entendimiento de la Revelación, la opción por la ley natural fue ampliamente abandonada, y se exigió una teología moral basada enteramente en la Biblia.
Aún recuerdo cómo la facultad jesuita en Frankfurt entrenó al joven e inteligente Padre (Schüller) con el propósito de desarrollar una moralidad basada enteramente en las Escrituras. La bella disertación del Padre (Bruno) Schüller muestra un primer paso hacia la construcción de una moralidad basada en las Escrituras. El Padre fue luego enviado a Estados Unidos y volvió habiéndose dado cuenta de que solo con la Biblia la moralidad no podía expresarse sistemáticamente. Luego intentó una teología moral más pragmática, sin ser capaz de dar una respuesta a la crisis de moralidad.
Al final, prevaleció principalmente la hipótesis de que la moralidad debía ser exclusivamente determinada por los propósitos de la acción humana. Si bien la antigua frase “el fin justifica los medios” no fue confirmada en esta forma cruda, su modo de pensar si se había convertido en definitivo.
En consecuencia, ya no podía haber nada que constituya un bien absoluto, ni nada que fuera fundamentalmente malo; (podía haber) solo juicios de valor relativos. Ya no había bien (absoluto), sino solo lo relativamente mejor o contingente en el momento y en circunstancias.

La crisis de la justificación y la presentación de la moralidad católica llegaron a proporciones dramáticas al final de la década de 1980 y en la de 1990. El 5 de enero de 1989 se publicó la “Declaración de Colonia”, firmada por 15 profesores católicos de teología. Se centró en varios puntos de la crisis en la relación entre el magisterio episcopal y la tarea de la teología. (Las reacciones a) este texto, que al principio no fue más allá del nivel usual de protestas, creció muy rápidamente y se convirtió en un grito contra el magisterio de la Iglesia y reunió, clara y visiblemente, el potencial de protesta global contra los esperados textos doctrinales de Juan Pablo II. (cf. D. Mieth, Kölner Erklärung, LThK, VI3, p. 196) (N. del T. El LTHK es el Lexikon für Theologie und Kirche, el Lexicon de Teología y la Iglesia, cuyos editores incluían al teólogo Karl Rahner y al Cardenal alemán Walter Kasper)
El Papa Juan Pablo II, que conocía muy bien y que seguía de cerca la situación en la que estaba la teología moral, comisionó el trabajo de una encíclica para poner las cosas en claro nuevamente. Se publicó con el título de Veritatis splendor (El esplendor de la verdad) el 6 de agosto de 1993 y generó diversas reacciones vehementes por parte de los teólogos morales. Antes de eso, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) ya había presentado persuasivamente y de modo sistemático la moralidad como es proclamada por la Iglesia.
Nunca olvidaré cómo el entonces líder teólogo moral de lengua alemana, Franz Böckle, habiendo regresado a su natal Suiza tras su retiro, anunció con respecto a la Veritatis splendor que si la encíclica determinaba que había acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas, entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición.
Fue Dios, el Misericordioso, quien evitó que pusiera en práctica su resolución ya que Böckle murió el 8 de julio de 1991. La encíclica fue publicada el 6 de agosto de 1993 y efectivamente incluía la determinación de que había acciones que nunca pueden ser buenas.
El Papa era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores especialistas que no tomaron parte en la edición de la encíclica. Él sabía que no debía dejar duda sobre el hecho que la moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite último. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones.
Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida.
El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana. El hecho que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defiende Böckle y muchos otros demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí.
En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante: había ganado amplia aceptación la hipótesis de que el magisterio de la Iglesia debe tener competencia final (“infalibilidad”) solo en materias concernientes a la fe y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia. Hay probablemente algo de cierto en esta hipótesis que garantiza un mayor debate, pero hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta.
Todo esto permite ver cuán fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad. Los que niegan a la Iglesia una competencia en la enseñanza final en esta área la obligan a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego.
Independientemente de este asunto, en muchos círculos de teología moral se expuso la hipótesis de que la Iglesia no tiene y no puede tener su propia moralidad. El argumento era que todas las hipótesis morales tendrían su paralelo en otras religiones y, por lo tanto, no existiría una naturaleza cristiana. Pero el asunto de la naturaleza de una moralidad bíblica no se responde con el hecho que para cada sola oración en algún lugar, se puede encontrar un paralelo en otras religiones. En vez de eso, se trata de toda la moralidad bíblica, que como tal es nueva y distinta de sus partes individuales.
La doctrina moral de las Sagradas Escrituras tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que vivió como ser humanoEl Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios. La imagen de Dios y la moralidad se pertenecen y por eso resulta en el cambio particular de la actitud cristiana hacia el mundo y la vida humana. Además, el cristianismo ha sido descrito desde el comienzo con la palabra hodós (camino, en griego, usado en el Nuevo Testamente para hablar de un camino de progreso).
La fe es una travesía y una forma de vida. En la antigua Iglesia, el catecumenado fue creado como un hábitat en la que los aspectos distintivos y frescos de la forma de vivir la vida cristiana eran al mismo tiempo practicados y protegidos ante la cultura que era cada vez más desmoralizada. Creo que incluso hoy algo como las comunidades de catecumenado son necesarias para que la vida cristiana pueda afirmarse en su propia manera.
II.
Las reacciones eclesiales iniciales
(1) El proceso largamente preparado y en marcha para la disolución del concepto cristiano de moralidad estuvo marcado, como he tratado de demostrar, por la radicalidad sin precedentes de la década de 1960. Esta disolución de la autoridad moral de la enseñanza de la Iglesia necesariamente debió tener un efecto en los distintos miembros de la Iglesia. En el contexto del encuentro de los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo con el Papa Francisco, el asunto de la vida sacerdotal, así como la de los seminarios, es de particular interés. Ya que tiene que ver con el problema de la preparación en los seminarios para el ministerio sacerdotal, hay de hecho una descomposición de amplio alcance en cuanto a la forma previa de preparación.
En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, con lo que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales (Pastoralreferent) vivían juntos. En las comidas cotidianas, los seminaristas y los especialistas pastorales estaban juntos. Los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias. El clima en este seminario no proporcionaba el apoyo requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. La Santa Sede sabía de esos problemas sin estar informada precisamente. Como primer paso, se acordó una visita apostólica (N. del T.: investigación) para los seminarios en Estados Unidos.
Como el criterio para la selección y designación de obispos también había cambiado luego del Concilio Vaticano II, la relación de los obispos con sus seminarios también era muy diferente. Por encima de todo se estableció la “conciliaridad” como un criterio para el nombramiento de nuevos obispos, que podía entenderse de varias maneras.
De hecho, en muchos lugares se entendió que las actitudes conciliares tenían que ver con tener una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente hasta entonces, y que debía ser reemplazada por una relación nueva y radicalmente abierta con el mundo. Un obispo, que había sido antes rector de un seminario, había hecho que los seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe.
Hubo –y no solo en los Estados Unidos de América– obispos que individualmente rechazaron la tradición católica por completo y buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Tal vez valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, a los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos para el sacerdocio. Mis libros fueron escondidos, como si fueran mala literatura, y se leyeron solo bajo el escritorio.
La visita que se realizó no dio nuevas pistas, aparentemente porque varios poderes unieron fuerzas para maquillar la verdadera situación. Una segunda visita se ordenó y esa sí permitió tener datos nuevos, pero al final no logró ningún resultado. Sin embargo, desde la década de 1970 la situación en los seminarios ha mejorado en general. Y, sin embargo, solo aparecieron casos aislados de un nuevo fortalecimiento de las vocaciones sacerdotales ya que la situación general había tomado otro rumbo.
(2) El asunto de la pedofilia, según recuerdo, no fue agudo sino hasta la segunda mitad de la década de 1980. Mientras tanto, ya se había convertido en un asunto público en Estados Unidos, tanto así que los obispos fueron a Roma a buscar ayuda ya que la ley canónica, como se escribió en el nuevo Código (1983), no parecía suficiente para tomar las medidas necesarias. Al principio Roma y los canonistas romanos tuvieron dificultades con estas preocupaciones ya que, en su opinión, la suspensión temporal del ministerio sacerdotal tenía que ser suficiente para generar purificación y clarificación. Esto no podía ser aceptado por los obispos estadounidenses, porque de ese modo los sacerdotes permanecían al servicio del obispo y así eran asociados directamente con él. Lentamente fue tomando forma una renovación y profundización de la ley penal del nuevo Código, que había sido construida adrede de manera holgada.
Además y sin embargo, había un problema fundamental en la percepción de la ley penal. Solo el llamado garantismo (una especie de proteccionismo procesal) era considerado como “conciliar”. Esto significa que se tenía que garantizar, por encima de todo, los derechos del acusado hasta el punto en que se excluyera del todo cualquier tipo de condena. Como contrapeso ante las opciones de defensa, disponibles para los teólogos acusados y con frecuencia inadecuadas, su derecho a la defensa usando el garantismo se extendió a tal punto que las condenas eran casi imposibles.
Permítanme un breve excurso en este punto. A la luz de la escala de la inconducta pedófila, una palabra de Jesús nuevamente salta a la palestra: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si le hubieran atado al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar” (Mc 9,42).
La palabra “pequeños” en el idioma de Jesús significa los creyentes comunes que pueden ver su fe confundida por la arrogancia intelectual de aquellos que creen que son inteligentes. Entonces, aquí Jesús protege el depósito de la fe con una amenaza o castigo enfático para quienes hacen daño.
El uso moderno de la frase no es en sí mismo equivocado, pero no debe oscurecer el significado original. En él queda claro, contra cualquier garantismo, que no solo el derecho del acusado es importante y requiere una garantía. Los grandes bienes como la fe son igualmente importantes.
Entonces, una ley canónica balanceada que se corresponda con todo el mensaje de Jesús no solo tiene que proporcionar una garantía para el acusado, para quien el respeto es un bien legal, sino que también tiene que proteger la fe que también es un importante bien legal. Una ley canónica adecuadamente formada tiene que contener entonces una doble garantía: la protección legal del acusado y la protección legal del bien que está en juego. Si hoy se presenta esta concepción inherentemente clara, generalmente se cae en hacer oídos sordos cuando se llega al asunto de la protección de la fe como un bien legal. En la consciencia general de la ley, la fe ya no parece tener el rango de bien que requiere protección. Esta es una situación alarmante que los pastores de la Iglesia tienen que considerar y tomar en serio.
Ahora me gustaría agregar, a las breves notas sobre la situación de la formación sacerdotal en el tiempo en el que estalló la crisis, algunas observaciones sobre el desarrollo de la ley canónica en este asunto.
En principio, la Congregación para el Clero es la responsable de lidiar con crímenes cometidos por sacerdotes, pero dado que el garantismo dominó largamente la situación en ese entonces, estuve de acuerdo con el Papa Juan Pablo II en que era adecuado asignar estas ofensas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el título de "Delicta maiora contra fidem".
Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras previsiones legales. Esto no fue un truco para imponer la máxima pena, sino una consecuencia de la importancia de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante ver que tal inconducta de los clérigos al final daña la fe.
Allí donde la fe ya no determina las acciones del hombre es que tales ofensas son posibles.
La severidad del castigo, sin embargo, también presupone una prueba clara de la ofensa: este aspecto del garantismo permanece en vigor.
En otras palabras, para imponer la máxima pena legalmente, se requiere un proceso penal genuino, pero ambos, las diócesis y la Santa Sede se ven sobrepasados por tal requerimiento. Por ello formulamos un nivel mínimo de procedimientos penales y dejamos abierta la posibilidad de que la misma Santa Sede asuma el juicio allí donde la diócesis o la administración metropolitana no pueden hacerlo. En cada caso, el juicio debe ser revisado por la Congregación para la Doctrina de la Fe para garantizar los derechos del acusado. Finalmente, en la feria cuarta (N. del T. la asamblea de los miembros de la Congregación) establecimos una instancia de apelación para proporcionar la posibilidad de apelar.
Ya que todo esto superó en la realidad las capacidades de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ya que las demoras que surgieron tenían que ser previstas dada la naturaleza de esta materia, el Papa Francisco ha realizado reformas adicionales.
III.
(1.) ¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros.
Primero, sugeriría lo siguiente: si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es redimido. Nuestro ser no redimidos es una consecuencia de nuestra incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana.

Tratemos de desarrollar un poco más este contenido esencial de la revelación de Dios. Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido.
Existe un Dios como creador y la medida de todas las cosas es una necesidad primera y primordial, pero un Dios que no se exprese para nada a sí mismo, que no se hiciese conocido, permanecería como una presunción y podría entonces no determinar la forma [Gestalt] de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Lo ha hecho de muchas maneras, pero decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y que le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con nosotros los seres humanos.
En este sentido la frase “Dios es”, al final se convierte en un mensaje verdaderamente gozoso, precisamente porque Él es más que entendimiento, porque Él crea –y es– amor para que una vez más la gente sea consciente de esta, la primera y fundamental tarea confiada a nosotros por el Señor.
Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue que se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina.
Ese es el caso con la pedofilia. Se teorizó solo hace un tiempo como algo legítimo, pero se ha difundido más y más. Y ahora nos damos cuenta con sorpresa de que las cosas que les están pasando a nuestros niños y jóvenes amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe molestar de modo particular.
¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios porque este discurso no parece ser práctico. Luego de la convulsión de la Segunda Guerra Mundial, nosotros en Alemania todavía teníamos expresamente en nuestra Constitución que estábamos bajo responsabilidad de Dios como un principio guía. Medio siglo después, ya no fue posible incluir la responsabilidad para con Dios como un principio guía en la Constitución europea. Dios es visto como la preocupación partidaria de un pequeño grupo y ya no puede ser un principio guía para la comunidad como un todo. Esta decisión se refleja en la situación de Occidente, donde Dios se ha convertido en un asunto privado de una minoría.
Una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva. Nunca olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me escribió en una de sus postales: “¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, preséntelo!”.
De hecho, en la teología Dios siempre se da por sentado como un asunto de rutina, pero en lo concreto uno no se relaciona con Él. El tema de Dios parece tan irreal, tan expulsado de las cosas que nos preocupan y, sin embargo, todo se convierte en algo distinto si no se presupone sino que se presenta a Dios. No dejándolo atrás como un marco, sino reconociéndolo como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones.
(2) Dios se hizo hombre por nosotros. El hombre como Su criatura es tan cercano a Su corazón que Él se ha unido a sí mismo con él y ha entrado así en la historia humana de una forma muy práctica. Él habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros. Hablamos sobre esto en detalle en la teología, con palabras y pensamientos aprendidos, pero es precisamente de esta forma que corremos el riesgo de convertirnos en maestros de fe en vez de ser renovados y hechos maestros por la fe.
Consideremos esto con respecto al asunto central: la celebración de la Santa Eucaristía. Nuestro manejo de la Eucaristía solo puede generar preocupación. El Concilio Vaticano II se centró correctamente en regresar este sacramento de la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo, de la presencia de Su persona, de su Pasión, Muerte y Resurrección, al centro de la vida cristiana y la misma existencia de la Iglesia. En parte esto realmente ha ocurrido y deberíamos estar agradecidos al Señor por ello.
Y sin embargo prevalece una actitud muy distinta. Lo que predomina no es una nueva reverencia por la presencia de la muerte y resurrección de Cristo, sino una forma de lidiar con Él que destruye la grandeza del Misterio. La caída en la participación de las celebraciones eucarísticas dominicales muestra lo poco que los cristianos de hoy saben sobre apreciar la grandeza del don que consiste en Su Presencia real. La Eucaristía se ha convertido en un mero gesto ceremonial cuando se da por sentado que la cortesía requiere que sea ofrecido en celebraciones familiares o en ocasiones como bodas y funerales a todos los invitados por razones familiares.
La forma en la que la gente simplemente recibe el Santísimo Sacramento en la comunión como algo rutinario muestra que muchos la ven como un gesto puramente ceremonial. Por lo tanto, cuando se piensa en la acción que se requiere primero y primordialmente, es bastante obvio que no necesitamos otra Iglesia con nuestro propio diseño. En vez de ello se requiere, primero que nada, la renovación de la fe en la realidad de que Jesucristo se nos es dado en el Santísimo Sacramento.
En conversaciones con víctimas de pedofilia, me hicieron muy consciente de este requisito primero y fundamental. Una joven que había sido acólita me dijo que el capellán, su superior en el servicio del altar, siempre la introducía al abuso sexual que él cometía con estas palabras: “Este es mi cuerpo que será entregado por ti”.
Es obvio que esta mujer ya no puede escuchar las palabras de la consagración sin experimentar nuevamente la terrible angustia de los abusos. Sí, tenemos que implorar urgentemente al Señor por su perdón, pero antes que nada tenemos que jurar por Él y pedirle que nos enseñe nuevamente a entender la grandeza de Su sufrimiento y Su sacrificio. Y tenemos que hacer todo lo que podamos para proteger del abuso el don de la Santísima Eucaristía.
(3) Y finalmente, está el Misterio de la Iglesia. La frase con la que Romano Guardini, hace casi 100 años, expresó la esperanza gozosa que había en él y en muchos otros, permanece inolvidable: “Un evento de importancia incalculable ha comenzado, la Iglesia está despertando en las almas”.
Se refería a que la Iglesia ya no era experimentada o percibida simplemente como un sistema externo que entraba en nuestras vidas, como una especie de autoridad, sino que había comenzado a ser percibida como algo presente en el corazón de la gente, como algo no meramente externo sino que nos movía interiormente. Casi 50 años después, al reconsiderar este proceso y viendo lo que ha estado pasando, me siento tentado a revertir la frase: “La Iglesia está muriendo en las almas”.
De hecho, hoy la Iglesia es vista ampliamente solo como una especie de aparato político. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas y esto se aplica incluso a obispos que formulan su concepción de la Iglesia del mañana casi exclusivamente en términos políticos. La crisis, causada por los muchos casos de abusos de clérigos, nos hace mirar a la Iglesia como algo casi inaceptable que tenemos que tomar en nuestras manos y rediseñar. Pero una Iglesia que se hace a sí misma no puede constituir esperanza.
Jesús mismo comparó la Iglesia a una red de pesca en la que Dios mismo separa los buenos peces de los malos. También hay una parábola de la Iglesia como un campo en el que el buen grano que Dios mismo sembró crece junto a la mala hierba que “un enemigo” secretamente echó en él. De hecho, la mala hierba en el campo de Dios, la Iglesia, son ahora excesivamente visibles y los peces malos en la red también muestran su fortaleza. Sin embargo, el campo es aún el campo de Dios y la red es la red de Dios. Y en todos los tiempos, no solo ha habido mala hierba o peces malos, sino también los sembríos de Dios y los buenos peces. Proclamar ambos con énfasis y de la misma forma no es una manera falsa de apologética, sino un necesario servicio a la Verdad.
En este contexto es necesario referirnos a un importante texto en la Revelación a Juan. El demonio es identificado como el acusador que acusa a nuestros hermanos ante Dios día y noche. (Ap 12, 10). El Apocalipsis toma entonces un pensamiento que está al centro de la narrativa en el libro de Job (Job 1 y 2, 10; 42:7-16). Allí se dice que el demonio buscaba mostrar que lo correcto en la vida de Job ante Dios era algo meramente externo. Y eso es exactamente lo que el Apocalipsis tiene que decir: el demonio quiere probar que no hay gente correcta, que su corrección solo se muestra en lo externo. Si uno pudiera acercarse, entonces la apariencia de justicia se caería rápidamente.
La narración comienza con una disputa entre Dios y el demonio, en la que Dios se ha referido a Job como un hombre verdaderamente justo. Ahora va a ser usado como un ejemplo para probar quién tiene razón. El demonio pide que se le quiten todas sus posesiones para ver que nada queda de su piedad. Dios le permite que lo haga, tras lo cual Jon actúa positivamente. Luego el demonio presiona y dice: “¡Piel por piel! Sí, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Sin embargo, extiende ahora tu mano y toca su hueso y su carne, verás si no te maldice en tu misma cara". (Job 2,4f).
Entonces Dios le otorga al demonio un segundo turno. También toca la piel de Job y solo le está negado matarlo. Para los cristianos es claro que este Job, que está de pie ante Dios como ejemplo para toda la humanidad, es Jesucristo. En el Apocalipsis el drama de la humanidad nos es presentado en toda su amplitud.
El Dios Creador es confrontado con el demonio que habla a toda la humanidad y a toda la creación. Le habla no solo a Dios, sino y sobre todo a la gente: Miren lo que este Dios ha hecho. Supuestamente una buena creación. En realidad está llena de miseria y disgustos. El desaliento de la creación es en realidad el menosprecio de Dios. Quiere probar que Dios mismo no es bueno y alejarnos de Él.
La oportunidad en la que el Apocalipsis no está hablando aquí es obvia. Hoy, la acusación contra Dios es sobre todo menosprecio de Su Iglesia como algo malo en su totalidad y por lo tanto nos disuade de ella. La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva.
Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además hoy hay mucha gente que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos ("martyres") en el mundo. Nosotros solo tenemos que estar vigilantes para verlos y escucharlos.
La palabra mártir está tomada de la ley procesal. En el juicio contra el demonio, Jesucristo es el primer y verdadero testigo de Dios, el primer mártir, que desde entonces ha sido seguido por incontables otros.
El hoy de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio del Dios viviente. Si miramos a nuestro alrededor y escuchamos con un corazón atento, podremos hoy encontrar testigos en todos lados, especialmente entre la gente ordinaria, pero también en los altos rangos de la Iglesia, que se alzan por Dios con sus vidas y su sufrimiento. Es una inercia del corazón lo que nos lleva a no desear reconocerlos. Una de las grandes y esenciales tareas de nuestra evangelización es, hasta donde podamos, establecer hábitats de fe y, por encima de todo, encontrar y reconocerlos.
Vivo en una casa, en una pequeña comunidad de personas que descubren tales testimonios del Dios viviente una y otra vez en la vida diaria, y que alegremente me comentan esto. Ver y encontrar a la Iglesia viviente es una tarea maravillosa que nos fortalece y que, una y otra vez, nos hace alegres en nuestra fe.
Al final de mis reflexiones me gustaría agradecer al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos siempre la luz de Dios que no ha desaparecido, incluso hoy. ¡Gracias Santo Padre!
Benedicto XVI.


Publicado en Aciprensa